



La película de Laura Casabé —basada en la literatura de Mariana Enriquez— es un ejercicio pirotécnico de fuste, pero cuando se disipa el humo aparece un caleidoscopio de imágenes que ya hemos visto en otras propuestas estéticas similares. El inicio de la ópera prima de Lucrecia Martel —La ciénaga— es sin duda impresionante desde lo visual y lo sonoro; no obstante, la copia nunca va a tener el impacto del original: ya vimos ese verano pegajoso, esa crisis simbolizada en los apagones y la dejadez familiar, esos cuerpos apoltronados alrededor de una pileta venida a menos, esa sensación aplastante de inercia y parálisis que da una cotidianeidad suburbana de pueblo donde no hay lugar para nada nuevo, etcétera, etcétera, etcétera. Como reza un dicho: el primer hombre que comparó las curvas de una mujer con una guitarra fue un poeta; el segundo, un idiota. El cine argentino echa en falta el desparpajo de alguien que quiera inventar el mundo desde cero en lugar de demostrar que lo conoce muy bien.
En otro orden de ideas, la película presenta problemas evidentes de guion. Acá una confesión personal: no leí en absoluto las historias de Enriquez en las que se basa el film. De hecho, no supe de entrada que se combinaron dos historias en una, pero cuando salí de la sala no me quedó ni una duda de que se habían yuxtapuesto dos cuentos, prueba cabal de que el ensamblaje no salió acorde al plan. No es problemático combinar obras, lo problemático es que se note. Hay dos elementos que portan una carga simbólica enorme (“el carrito” y “la virgen”), ambos tremendamente potentes y ambos altamente desconectados uno del otro y de los personajes. Me refiero a que, por ejemplo, no hay un hilo conductor entre estos elementos y la protagonista, no hay una conexión racional, sino simplemente imágenes potentes, fuertemente estetizadas, pero semánticamente vacías. No dicen nada. Es más, me atrevo a decir que uno podría substraer al carrito y a la virgen de la historia sin que nada cambie en absoluto.
Asimismo: ¿qué pasa con el verosimil interno? Mejor dicho, con la falta de uno. Dentro del universo que se nos propone, nada nos hace pensar durante los primeros cuarenta minutos que el hecho de que una amiga adolescente del grupo le arranque la mandíbula de una mordida a un chico en plena calle puede pasar desapercibido o como un detallito que ni amerita discusión para el resto de las chicas. De golpe, es algo que sucede y todos pasan la página. Puedo aceptar cualquier cosa, menos la incoherencia. Si vamos a enrarecer las cosas, que quede claro desde que sacamos del medio y no a los 80 del segundo tiempo.
Ahora bien, dicho todo esto: ¡qué hermosos cuadros en movimiento pinta Laura Casabé de a ratos! En sus mejores momentos, como en la escena del boliche, La virgen de la tosquera hipnotiza con sus movimientos de cámara y una icónica banda sonora que acompaña un viaje tumultuoso en el que confluye la crisis social de una Argentina en decadencia y la crisis personal de una adolescente en pleno brote hormonal. Hay una maestría allí que ningún agujero argumental puede opacar, y solo por eso ya vale la pena pagar una entrada de cine o sentarse en un sillón a gastar horas de vida en una película. Quizá eso sea lo mejor que puedo decir de esta obra: el viaje no es el ideal, pero al final queda una sensación de que todo ha valido la pena, aunque sea solo para ver un cuadro precioso en el marco de una película regular.
