



La llamada «Ley Hojarasca» propone eliminar decenas de normas consideradas obsoletas por el Gobierno. Entre ellas figura la ley que garantiza el padrinazgo presidencial del séptimo hijo varón y de la séptima hija, una institución creada para combatir una antigua creencia popular según la cual el séptimo varón estaba condenado a convertirse en lobizón.
La narrativa oficial tilda esta tradición de antigüedad inútil, un estorbo burocrático destinado a la barredora. Detrás de esa pátina modernizadora late un objetivo mucho más oscuro y profundamente antinacional: la erradicación sistemática de nuestra identidad. Un pueblo despojado de sus mitos, sus tradiciones y su memoria colectiva queda a la intemperie, convertido en una masa atomizada, sin puntos de apoyo y, por lo tanto, dócilmente manipulable.
Toda comunidad necesita una herramienta institucional para vertebrar su destino común, un andamiaje afectivo donde se organice la solidaridad para proteger a los suyos de la fatalidad. Ese abrazo organizado es exactamente lo que hoy se busca dinamitar.
Mandinga en el Boletín Oficial: el desprecio por los lazos
Para dimensionar el peso de este vaciamiento cultural, el cine argentino guarda un testamento ineludible. Hay que volver a 1975, a la tierra húmeda, a la sangre y a la luna llena de Nazareno Cruz y el lobo, la obra de Leonardo Favio.
El director hunde su cámara directamente en el barro de nuestras creencias populares, retratando a un pueblo rural atravesado por el radioteatro, las curanderas y el sincretismo de nuestra tierra. Cuando la fatalidad cósmica del séptimo varón recae sobre Nazareno (Juan José Camero), el estigma late como una herida comunitaria; todos sufren la transformación inminente. Esa misma herida histórica es la que el Estado argentino buscaba suturar con la ley del padrinazgo. Al asumir el madrinazgo o padrinazgo del séptimo hijo, la máxima investidura cívica ejecutaba un acto de magia institucional: absorbía al maldito, lo bautizaba y lo reintegraba a la vida de su gente.
Hoy, al podar esta tradición, la «Ley Hojarasca» decide soltarle la mano a Nazareno. El proyecto oficial desmantela la piedad comunitaria para dejar al individuo enfrentando su destino en absoluta soledad.
El espanto de esta historia toma la forma de Mandinga, encarnado con un magnetismo aristocrático por Alfredo Alcón. El Diablo intercepta al protagonista y lo arrastra a su caverna subterránea rebosante de tesoros, joyas y riquezas incalculables. Allí le propone un trato directo: la prosperidad material absoluta a cambio de abandonar a Griselda, su único amor y su anclaje afectivo con el mundo. Mandinga exige la entrega del alma, la ruptura definitiva del lazo que une a Nazareno con su comunidad, a cambio de las arcas llenas.
Ese pacto fáustico espeja milimétricamente el proyecto del gobierno libertario. La retórica oficial nos exige sacrificar exactamente lo mismo que el Diablo pedía en la caverna: entregar la comunidad, las tradiciones que nos amalgaman y la soberanía popular, todo bajo la promesa de una salvación puramente individual que jamás llegará; el viejo engaño de hacernos creer que seremos dueños del oro cuando, al final de la jornada, las penas son de nosotros y las vaquitas son ajenas. El objetivo de derogar la ley del séptimo hijo varón trasciende lo fiscal; es una operación de adoctrinamiento diseñada para extirpar de raíz el sentido de pertenencia.
Nazareno, sabiendo que enfrentará la tortura y el fango, rechaza el oro. Elige la identidad, el dolor compartido y el amor. Derogar el padrinazgo busca enseñarnos lo contrario: adiestrarnos en el desapego. El poder actual necesita barrer nuestros mitos para garantizarnos la intemperie. Anhela que olvidemos quiénes somos para que, cuando llegue el ventarrón del desamparo, estemos demasiado solos para ofrecer resistencia.
Favio nos enseñó que la identidad nacional se forja abrazando nuestras creencias, revolcándonos juntos en la historia compartida. Al clausurar las leyes que cristalizan esa memoria comunitaria, nos empujan de lleno a la cueva de Mandinga, apostando a que cambiaremos nuestra esencia por el espejismo del éxito individual. Olvidan, quizás, que el entramado afectivo de este suelo suele ser muchísimo más terco que las ilusiones de quienes desprecian a su propia tierra.
