



El calor, la tensión, la proximidad de la otredad, la desagradable y encantadora maldición de tener que vivir en comunidad, la gentrificación, el lumpenaje, la imposibilidad de hacer lo correcto en mundo incorrecto…
Spike Lee cocinó su obra magna con sabores cosmopolitas. En su Brooklyn a la cacerola está todo revuelto y colocado con paciencia en una olla a presión. Do the right thing es, por supuesto, una película sobre el racismo sistémico, pero mucho más que eso es una carta de amor a la comunidad, hecha con la esperanza de salvarla de sí misma.
El título es una exhortación imposible: hay que hacer lo correcto, ¿pero para quién? La importancia de los puntos de vista será fundamental. En el universo que construye Lee los personajes están atravesados por discursos de violencia simbólica que los predeterminan y van más allá de sus deseos. Es un problema de otra escala.
No importa que Mookie, Sal, Pino y Vito trabajen juntos en una pizzería, que hayan construido el día a día del espacio que habitan con el mismo sudor y que sus destinos personales y laborales estén atados; lo que importa, en última instancia, es lo poco que tienen de distintos: la raza, la etnia, algunos ritos culturales.
Lo mismo vale para el barrio. La respuesta a la violencia del sistema (encarnada en la brutalidad policial) no tiene un conducto de salida revolucionario. Por el contrario, el no encontrar caminos para luchar contra el enemigo real hace que la comunidad se vuelva contra sí misma y busque chivos expiatorios cómodos. Así, la culpa de todo la pueden tener los chinos, los italianos o los latinos. Da igual.
En una escena memorable, a través de un montaje antológico recorremos una plétora de insultos raciales y discursos estereotipados de los distintos actores, donde cada tribu urbana define a la otra con un innegable ingenio para la crueldad. Se trata de una escena que es a la vez hilarante y perturbadora. En otra oportunidad, Mookie le pregunta a Pino cómo puede ser que sea tan explosivamente racista con los que tiene al lado, si todas sus celebridades favoritas son negros. Por supuesto, Vito le contesta que ellos son diferentes, son más que solo negros.
Un par de horas más tarde, una familia, un grupo laboral, una comunidad de pertenencia va a trenzarse en una pelea menor, pero que deriva en algo mayor por la irrupción del racismo, ese artefacto de ingeniería social creado para la destrucción de los que parecen distintos, pero son iguales.
La disputa acabará con la vida de un miembro importante y querido del barrio, en manos de una policía incapaz de manejar un conflicto de esa escala con herramientas distintas que la brutalidad. La furia posterior también se llevará puesta el histórico local de comidas en el que trabajan los protagonistas. El incendio de la pizzería de Sal, instigado en primera instancia por Mookie, quien minutos antes había sido catalogado como un hijo para Sal, es el corolario de la impotencia política de una colectividad.
En una entrevista veinte años después, Spike Lee contó que muchas veces le preguntaron por qué fue Mookie el que empezó con la destrucción de la pizzería. Asimismo, agregó que ningún negro le preguntó nunca eso; se trata de una inquietud siempre caucásica. Son los privilegios de mantenerse inocente ante un problema de carácter social que se le impone a los personajes, aun a expensas de su voluntad. Los roles que cada uno desempeña están por encima de los afectos individuales.
Erradicar la violencia y la injusticia sistémicas parece imposible. Por supuesto, está todo tan podrido que nadie sabría por dónde empezar. Hacer lo correcto siempre es lo más difícil. Sin embargo, es lo único que puede impedir que los protagonistas se desconozcan y maten entre ellos solo para expiar su impotencia ante las injusticias del mundo.
La película podría terminar con el incendio de la pizzería, pero no lo hace. Hay que mostrar que la espiral de locura, lejos de acabar con la miseria, apenas permite irse a dormir una noche habiéndose sacado las ganas de romper todo. Al día siguiente todo estará igual, pero el chico de la radio no estará y tampoco nadie podrá ir a ahogar las penas con una porción de pizza y una cerveza en lo de Sal. Consecuencias de hacer lo lógico, pero no lo correcto.
