L’argent: historia de un billete

Por Sebastian Mateo

Para su último baile, Bresson llevó hasta las últimas circunstancias las ramificaciones del efecto mariposa y elaboró una intrincada maquinaria de causas y efectos en donde la crueldad está a la orden del día.

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Lo que comienza como una transgresión menor, casi una contravención, va escalando como una bola de nieve hasta convertirse en un drama humano de proporciones sistémicas.

Hay tantas cosas más importantes que el dinero… ¡pero cuestan tanto! (Groucho Marx)

L’argent arranca como la historia de una estafa menor, pero muta en fábula sobre el rol del vil metal en las sociedades contemporáneas y el aplastante peso de la ley para quienes no tienen suficiente cash para comprar su inocencia.

El hilo se corta siempre por lo más delgado, por eso Bresson elabora un complejo esquema de castigos y compensaciones en el que la suerte de la desdicha siempre le cae a los que menos tienen y la buena fortuna rara vez les escapa a los acaudalados.

La última obra de Bresson puede leerse, además, como una reflexión sobre las razones que explican aquello inexplicable. Detrás de cada tragedia, de cada persona que pierde la cabeza y de cada familia diezmada en manos de un psicópata hay un denominador común: la historia de un billete.

No hay que ahondar tanto en la psicología de un asesino, sino en los mecanismos sociales de circulación del dinero para explicar por qué el mundo está como está. Es una tesis materialista: no importan las personas, sino el funcionamiento de sus relaciones. Ahí está lo que determina la maldad o la bondad.

Uno de los personajes dice por ahí: “Voy a ser una buena persona cuando sea rico“. Y lo cumple. El problema es que la mayoría de las personas nunca llegan a serlo, y siempre hay un billetín perdido capaz de dar marcha a la máquina de la causalidad para poner a prueba su nobleza.

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