Saturday night fever: un clásico que dice mucho sobre el presente

Por Sebastian Mateo

La obra de John Badham está ambientada en una decrépita Nueva York durante la década del setenta, sin embargo, en su retrato de una juventud alienada y perdida hay claves para una lectura de la realidad contemporánea

saturday night fever
p6323 p v10 ap
ae8482 20170606 saturday night fever
saturday night fever

Si se me permite la aporía, Fiebre de sábado por la noche es una película que envejeció bien y a la vez mal. Por un lado, cierto clima de época parecería reclamarle no haber estado lo suficientemente deconstruida hace cincuenta años. En este orden de ideas, el pecado original del film sería no bajar una línea clara respecto a lo mal que están las acciones de sus personajes. Supongo que es gente que le hubiera pedido a Goya que aclarara a un costado de sus cuadros que él no estaba a favor de la violencia que pintaba.

Al mismo tiempo, la película envejeció muy bien. Si se hila fino, la realidad que refleja no es tan distinta de la actual. En una Nueva York decrépita e inmoral, una juventud sin expectativas de futuro coquetea con la violencia ritualizada y se arriesga a la muerte para salir del tedio de lo cotidiano. Son jóvenes rotos en una sociedad fragmentada: la familia ya no cobija a nadie, la fe religiosa no enamora y el trabajo no dignifica. No es precisamente el caldo de cultivo de una juventud maravillosa. 

En esencia, la película explora y explota ciertos arquetipos de la miseria que son el resultado de una sociedad que ha perdido la brújula moral. Para personajes que son puro presente y que no cuentan con un proyecto vital real, el día a día no es otra cosa que una carrera de postas donde a una situación humillante le sucede otra. En un universo de gente rota y frustrada, la realización personal es ejercer un poder violento con el que está un poquito peor que uno.

Después de luchar contra viento y marea para que le suban el sueldo, aunque sean solo unas migajas, Tony (John Travolta) consigue que el dueño de la pinturería en la que trabaja le aumente la paga en cuatro dólares. Cuando llega a su casa y se lo cuenta a su padre, este le responde: «¿Sabes la miseria que compran 4 dólares hoy por hoy? No compran ni siquiera tres dólares». Cualquier parecido con la actualidad no es pura coincidencia.

Eso sí, hay un bálsamo: a la noche, Travolta se pone sus mejores trapos y sale a romperla toda al ritmo de los Bee Gees. De día es un perdedor nato; de noche, entre los suyos, el rey de un imperio decadente. No es muy distinto de lo que nuestras nuevas generaciones viven hoy: un mercado de trabajo pauperizado en un mundo hostil y, en el medio, nacen los monstruos. La única diferencia es que el boliche y las bolas de disco se intercambian por espacios virtuales y redes sociales, esas comunidades donde los perdedores diurnos se convierten en influencers de nicho y, por un rato, consiguen expiar las frustraciones de la vida diaria. Bailar con un traje a lentejuelas o prender el stream son diferentes acciones, pero tienen un valor social similar.

La rabiosa actualidad de Fiebre de sábado por la noche no hace otra cosa que transparentar que los clásicos son atemporales y que, por mucho que se los quiera encasillar o juzgar por ser un producto de su época, son capaces de decir algo que vale para todas las épocas. ¿Acaso no me van a decir que los amigos de Travolta no tienen la misma imposibilidad que los incels actuales para entablar un vínculo comunicacional con las mujeres? También resulta difícil no reconocer en la patota de Tony algunos rasgos de las burbujas algorítimicas contemporáneas.

Los amigos de Travolta viven encerrados en una cámara de resonancia social. La pertenencia al grupo les proporciona contención, pero también les exige una adhesión casi tribal a determinados códigos. En una sociedad que los invisibiliza de manera sistemática, los jóvenes de los setenta adquieren identidad colectiva por oposición a un enemigo externo. No importa si en el universo de Saturday night fever ese enemigo es una pandilla de puertorriqueños y en la actualidad es una otredad que tiene un algoritmo diferente y por eso ve las cosas de otro color. El mecanismo es idéntico. El mundo siempre está cambiando, pero nuestros problemas nunca son tan originales como creemos.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *