



Claudia es una obra de una factura preciosa. Y no digo esto con ligereza: se trata de un objeto hermoso en términos estéticos. Solo por eso, cualquiera que ame el cine la debería ver. Todos los aspectos formales de la película están amorosamente cuidados y trabajados: los colores, los movimientos de cámara, el sonido, el vestuario; cada plano es un cuadro.
Lo que pasa es, justamente, que no pasa nada más que eso. Es una película que cuenta algo muy chiquito, mínimo, y que lo hace con una superficialidad muy evidente. Con esto no digo que abordar algo superficial sea malo; todo lo contrario: en ocasiones, en lo que parece superficial se esconde una verdad más profunda que la de las obras pretendidamente monumentales. El problema no es tratar un asunto menor, sino tratar algo menor con superficialidad. Eso sí me resulta imperdonable.
Claudia es una obra abiertamente desinteresada por el argumento. Es decir, es incapaz de comprometerse con su premisa; y hasta la más superficial de las propuestas merece no ser tratada con superficialidad. Alguna vez, De Caro dijo en uno de sus programas de What!? que lo mínimo del cine es la trama (enlace) y que lo importante es la emoción. El problema es que es muy difícil producir una emoción genuina si uno opera bajo la lógica de que el guion es lo mínimo. Hay algo de la amalgama entre la historia, el modo de contarla y la manera de retratarla que no resiste el axioma de que la trama —palabras más, palabras menos— da igual. La paraoja es clara: al sacrificar el guion por la emoción, uno se queda sin ninguna de las dos.
Esta declaración de principios está presente en la factura de Claudia: es una película que prefiere el estilo a la sustancia. Como dice el póster del film: «Los detalles son todo». Esta es una película de detalles, de minucias, de pequeños destellos, de prolijos encuadres y perlitas acá y allá; de colores estridentes y movimientos de cámara elegantes, etc. Es un film de escenas inconexas, donde cada una podría ser una obra en sí misma. Las conexiones entre los planos siguen un hilo estético, no argumental. Por eso, las emociones que produce Claudia son todas las que puede producir una maravilla estética, como quien mira un gran cuadro. Esto no solo no es poco, sino que es montón. No obstante, parte de mí no puede dejar de pensar que en la banalidad del abordaje de la trama en Claudia hay una oportunidad perdida de hacer algo más que pintar un cuadro precioso.
