



La última película del manchego repite un esquema fractal donde la realidad es apenas un espacio fronterizo entre un multiverso de historias entrelazadas. Chupate esa mandarina, Marvel.
En un ejercicio absolutamente indolente consigo mismo, el autor castiga a sus personajes y se castiga a él por todo: por lo que es, por lo que fue y por lo que será. En el medio de todo eso, escribe y reescribe una historia que parece nunca acabar, porque la vida en el fondo es eso: sustancia, materia viva; siempre en movimiento, siempre maleable. Nada realmente está escrito en piedra.
La pérdida, la cercanía de la muerte, la imposibilidad de poner fronteras entre la experiencia laboral y la experiencia vital… con todo eso se obsesiona Raúl (Leo Sbaraglia), y lo ficciona, lo performa, lo exorcisa, lo da vuelta y lo pone en perspectiva. ¿Es la realidad la materia de la ficción o más bien es al revés? En Amarga Navidad, Raúl es un alterego de Pedro Almodóvar; Elsa (Bárbara Lennie) es, a su vez, un alterego de Raúl. Al mismo tiempo, Raúl escribe Amarga Navidad, el guion de su última película, que es de algún modo un alterego de la Amarga Navidad que se acaba de presentar en Cannes y que ha pasado sin pena ni gloria. Las películas de Elsa no han tenido mucho éxito tampoco, pero sí un fandom; son objetos de culto. En un momento, Elsa dice que el cine tiene algo de premonitorio…
Una idea sobrevuela todo el film: la potencia destructiva y constructiva del arte. La Historia (énfasis en la mayúscula) se niega a ser reducida a una mera historia. A los personajes no les gusta que se metan con sus vidas privadas. Por supuesto, nadie quiere ser reducido a guion, y menos a uno mediocre, como sugiere la asistente de Raúl.
Almodóvar demuestra ser más que consciente de lo que se dice de él: que está gagá, que ya hizo sus mejores películas, que debería agarrar unos euros y hacer algo complaciente para el núcleo duro de sus fans. Sabe que la gente percibe en sus últimas obras un aura crepuscular. En el comienzo del crepúsculo, que no es otra cosa que el principio del final, Raúl intenta escribir su magnum opus. Se niega, al igual que Almodóvar, a irse silbando bajito de este mundo. Por el contrario, en un canto a la vida, demuestra que está dispuesto a destruirlo todo —sus amistades, su pareja e incluso su reputación— para contar una buena historia, la mejor historia posible, la historia correcta en el momento justo.
El personaje de Sbaraglia parece, por momentos, un demiurgo, un arquitecto cruel que vampiriza mundos, canibaliza emociones y debora historias. Por otros, es apenas una hoja en el viento, arrastrada por un flujo de ideas que lo llevan de una página a la otra, impotente ante los movimientos de una trama que lo excede y lo precede. La realidad y el tiempo se doblan, se desdoblan y cobran vida propia. Hay fuerzas que parece que un autor controla, pero es todo lo contrario. Por supuesto, en esa danza de guiones y reescrituras, Pedro no solo se da el lujo de usar la vida de los demás como materia prima, sino que se pone de ejemplo y hace lo propio con sus miserias. Es un general que va a la primera línea de batalla.
En 1963, Jean Mitry publicó Estética y psicología en el cine. Una de sus ideas más interesantes es que el sentido cinematográfico no se construye de manera lineal, plano por plano, como si cada imagen tuviera un significado fijo. Cuando vemos una película, cada nuevo plano modifica nuestra comprensión de los anteriores. El espectador reorganiza constantemente el material que ya ha visto.
El tercer acto de Amarga Navidad resignifica todo lo que hemos visto anteriormente. Lo que era el epílogo de la última gran historia de un maestro del cine pasa a ser apenas, mientras ruedan los créditos y las manos de Raúl tipean incesantemente, un borrador descartado en pos de algo más grande. Lo que vemos (vimos), entonces, es (fue) apenas el prólogo de una historia sin final. La mejor historia siempre es la próxima.
