Cuando la miro: genealogía del yo

Cuando la miro:
genealogía del yo

Por Sebastian Mateo

La ópera prima de Julio Chávez parte de lo personal hacia lo universal y se inscribe en una tradición cinematográfica que discute el pasado para entender el presente y proyectar un futuro

cuando la miro 2
cuando la miro 797532070 large
jvwcrxzipjdu7hcgd54g6ljh5a
xwi1mjvey 2000x1500 1

Cuando la miro se inserta en una suerte de tradición cinematográfica contemporánea que podría definirse como «genealogía del yo». No es solamente un fenómeno local, pero sí podríamos decir que, junto con España (no por nada nuestra «madre patria»), la Argentina se encuentra a la cabeza de este fenómeno. Se trata de obras a medio camino entre el documental y la ficción, que indagan sobre tradiciones familiares, historias ocultas, héroes anónimos, secretos a voces y pasados con peso en el presente. Las hay de distintos géneros y temáticas, en el mainstream y en el circuito independiente, del festival hasta la industria. Las hay más arqueológicas, aquellas que se sustentan en documentos, en lecturas, en objetos cultuales —como Clorindo Testa, de Mariano Llinás—, y las hay más antropológicas, interesadas más en la palabra, en el testimonio, en la psicología de los involucrados —como Partió de mí un barco llevándome, de Cecilia Kang—; incluso hay algunas híbridas, casi inclasificables, como Los rubios, de Albertina Carri. Pero detrás de las diferencias, las clasificaciones, las continuidades y las rupturas, subyace un norte, un destino y un punto de partida: son viajes que parten del yo singular con miras a alcanzar algo del yo universal. No importa que no siempre lo logren, hay que apuntar a la luna para llegar a las estrellas.

Su importancia en el microcosmos del cine nacional quizá tenga que ver con una característica ya muy trabajada por la cultura, que es en parte mito y en parte verdad: la Argentina como tierra de inmigrantes llegados en barco, aventurados a una suerte imprecisa y obligados a echar por la borda el pasado y su memorabilia. Tal vez sea por eso —por la sensación de haber perdido algo en el camino— que en el cine nacional han proliferado estas películas exploratorias y reconstructivas, que hacen una arqueología del yo en busca de lo que se extravió. O quizá sea por otra cosa enteramente diferente, como el siempre inacabado proceso de recuperación de la memoria tras el intento de borramiento identitario de los gobiernos totalitarios, quién sabe. Lo cierto es que el énfasis en la memoria tiene una tradición local fuerte, contemporánea e ineludible.

Es en esas coordenadas que se mueve la película de Julio Chávez. Cuando la miro es consciente de que hay algo de lo colectivo en cada historia particular. Este es un punto de partida que no necesita explicación. La vida de un hombre es a la vez singular y universal. En la historia de ese artista plástico y su madre se encierran los avatares de una generación, una lectura de una época, un relato sobre el matrimonio, la diversidad sexual, la libertad creativa, los mandatos sociales, la dificultad para entablar un diálogo intergeneracional y, en suma, el pulso de una era. Por eso es tan frustrante para el protagonista de esta historia la sensación de girar en círculos, de no encontrar en los ojos de su madre la forma en que una madre debe mirar a un hijo. Ese desacople entre su historia personal y el universal es un doble dolor: por un lado, es una tragedia personal y, por el otro, es una frustración intelectual, ya que el proyecto de las grabaciones no parece alcanzar para descular por qué en la mirada de Elena no está la ternura de una mamá. Hay cosas que el dispositivo cinematográfico no puede resolver.

La ópera prima de Chávez construye una nación de dos personas; una nación que tiene su historia, sus triunfos, sus guerras, sus hitos, sus malentendidos, sus mitos, sus complicidades y sus miserias. Esto lo logra con una poética que construye los diálogos desde el otro: cuando habla Elena (Marilú Marini), la cámara enfoca a Javier (Julio Chávez), y viceversa. Como anticipamos, la comunicación no siempre fluye: la mayor parte de las veces fracasa o entra en derivas impensadas. El diálogo con la otredad tiene siempre ese riesgo: las personas somos impredecibles y rara vez decimos lo que el otro quiere escuchar. La voluntad de Javier de comprender el vínculo con su madre tiene la misma naturaleza que la necesidad de toda sociedad de entender su historia y, en ese sentido, Cuando la miro ilustra con justeza la complejidad de comunicarse, de anclar sentido y de transparentar lo que nos pasa, aunque no por eso dejamos de intentarlo.

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *