



En términos estéticos, La hermanastra fea es el resultado de una orgía non sancta entre María Antonieta, de Sofía Coppola, La sustancia, de Coraline Fargeat, Suspiria, de Darío Argento, y cualquier sueño húmedo de Cronenberg en un fin de semana cualquiera. Pero hay más que decir de esta película. Con la crudeza del cuento original de los hermanos Grimm, Emilie Blichfeldt hace de La Cenicienta un universo de texturas, fluidos y elementos orgánicos tan desagradables como magnéticos. Así como no queda color sin aprovechar a la hora de imaginar el grotesco arsenal de comestibles que integra el film, tampoco hay parte del cuerpo que no veamos en su esplendorosa y bella monstruosidad. Y, sí, eso también incluye el hoyo de la Cenicienta, para bien o para mal.
La intervención sobre los cuerpos es un tropo presente en toda la obra. La capacidad del ser humano para transformarse, tanto en algo sublime como monstruoso, está trabajada desde distintas aristas. El imperativo de la belleza como mutilación y el amor como fuerza de destrucción son asuntos que se abordan, por supuesto, pero hay algo más profundo que una mera crítica a los excesos en pos de la belleza, es decir, La hermanastra fea no es solo una versión indie de La sustancia ni una copia terrorífica de Barbie, sino una exploración singular de la monstruosidad y un alegato a favor de los freaks.
En esta historia, Elvira, la hermanastra fea, paradógicamente triunfa. Su destrucción física es, de algún modo, la llave de su liberación, lo que le permite escapar sin que nadie la busque. El fracaso romántico y la experimentación visceral con su cuerpo son las herramientas para pavimentar un camino hacia la salvación. No hubiera sido lo mismo de otro modo. A diferencia de lo que pasa en La sustancia, donde la experimentación corporal deriba en la destrucción personal y la desintegración identitaria de quien prueba la droga, en La hermanastra fea esta radical apuesta es una autopista a la autorrealización. Elvira va hasta los límites del esfuerzo físico para quedarse con el príncipe; si el zapato no calza, el problema pasa a ser el pie y todo se puede arreglar con una sierra. En lugar de castigar a su protagonista por apostarlo todo en pos de un sueño, como hace Coraline Fargeat con el personaje de Demi Moore, aquí Emilie Blichfeldt se apiada del coraje de quien se atreve a atravezar el fuego y abrazar la monstruosidad, regalándole su libertad. Por el contrario, Cenicienta queda atrapada en una asfixiante relación que nunca quiso y pierde a su verdadero amor, el bien dotado cuidador de caballos. La belleza natural de la Cenicienta termina siendo una cárcel previsible y la fealdad artificial y autoinflingida de Elvira, un mundo de posibilidades nuevas para ella. Al fin y al cabo, quién le quita a la hermanastra fea lo bailado.
