Homo argentum: radiografía del humor
de una época

Por Sebastian Mateo

La película de Cohn y Duprat funciona mejor como termómetro del humor de una era que como retrato de la argentinidad

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Podría dar un par de vueltas antes de ir a la hipótesis que guía este ensayo, podría hacer una sinopsis simple de Homo argentum y sin duda podría introducir algo de la cinematografía de Cohn y Duprat, pero no hace falta nada de eso. Y no hace falta, justamente, porque va de suyo, porque Homo argentum es tan masiva y tan popular que no requiere introducción, porque Cohn y Duprat han metido tantos éxitos de plataforma que cualquier preludio suena banal, se siente como un río de carácteres desperdiciados. Así que, sin más, la hipótesis: Homo argentum es la obra cumbre del humor de las nuevas derechas, la quintaesencia del humor libertario, que es a su vez, en esta etapa histórica de la Argentina, el humor dominante de una era.

Con esto, por supuesto, no quiero decir que toda la Argentina se ría de y cómo se ríe Homo argentum de las cosas de las que se ríe Homo argentum —gracias a Dios—, pero sí afirmo y defiendo que la obra de Cohn y Duprat es el arquetipo perfecto del humor libertario. Y el humor libertario no es cualquier humor, es la forma aplastantemente dominante de humor contemporáneo, la que se impone por sobre todas las demás, la que obliga al resto a bailar a su compás, a discutir sus tropos, sus estructuras, sus formas, a jugar a lo que propone. Por eso solo ya se trata de una obra fascinante, maestra, sublime si se quiere. Así como Pizza, birra y faso consiguió como ninguna otra mostrar la precariedad y la falta de fe en el futuro de la juventud maginal de los 90, y del mismo modo en que Apocalypse now captó la esencia del fin de los grandes relatos heroicos en torno a la política imperialista americana, Homo argentum encarnó de manera ineludible el pulso de una nueva era en el humor, a tono con una política de la degradación y un goce generalizado con la crueldad.

De todas las escenas/sketches televisivos de Homo argentum, el más representativo de lo que es este momento de la argentinidad es el del director de cine hipócrita (en términos estéticos, una suerte de parodia vulgar de Almodóvar). El libertario es un humor sustentado en la burla de la otredad (los zurdos, las travas, los putos, los intelectuales, lo woke, los artistas, la gente con consciencia social y de clase, en fin, cualquiera que no encaje en la política de resignación con el mundo es objeto directo). Pero si la burla de la otredad es la base donde se asienta el edificio teórico del humor libertario, la superestructura se compone de una suerte de operación de desenmascaramiento de la hipocresía de cualquiera que haga (o intente) hacer el bien. A estas personas hay que mostrarlas siempre como falsas, es decir, que no se trata de atacar sus ideas o creencias, sino su carácter, o sea, mostrar que nadie que sea, por ejemplo, zurdo y que se preocupe por alguna causa social lo hace por convicción, sino por algún tipo de interés o para ganar prestigio. Acá hay una arista importante del humor libertario: la falta de imaginación política para defender una mirada del mundo, una opinión, un pensamiento. Esa falta de imaginación política se encubre desestimando la honestidad de quienes se arriesgan a imaginar otro mundo posible. En el fondo, el libertario es un humor de la resignación, de la impotencia, que como no puede cambiar el mundo decide reírse de aquellos que lo intentan.

La clave de la película de Cohn y Duprat es la construcción de estereotipos exagerados e inverosímiles del otro (hombres de paja) para luego aplicar una burla cruel, muy característica de los años formativos de los infantes, donde el efecto humorístico es, fundamentalmente, encontrar el supuesto defecto personal del otro y llevarlo al paroxismo. Es la típica etapa del bullying escolar al diferente, la etapa de pegarle al gordo o al trolo del curso, la de reírse del pobre por su ropa gastada, etc. Y siempre es en manada, siempre es un humor cómplice que refuerza la cohesión de grupo, ese ser todos lo mismo, ese ser todos hijos de una época en donde no hay cambio posible, en donde el mundo es el que es —una mierda—, y quien se atreva a cuestionar esta máxima merece ser objeto de todo tipo de escarnios, porque es un impostor, un falso que no acepta las cosas como son, alguien que tiene una ideología perversa (de género, de izquierdas, etc.) que oculta la verdad del ser humano: que todos somos seres egoístas y miserables. En efecto, para poder reírse de la argentinidad, Homo argentum necesita construir primero un país en donde todos somos iguales: igual de viles, de crueles, de miserables. Construye primero un mundo de cómplices y luego un mundo de desviados (como el director de izquierdas que filma a pueblos originarios que odia), y se ríe de estos últimos. La única diferencia entre unos y otros es que ambos son igual de malos, pero unos lo ocultan, y ahí está lo gracioso: el desenmascaramiento de ello. Al caerse la máscara, es decir, al mostrar que el director es un hipócrita y odia a los pueblos originarios, al mostrar que el cura que ayuda en una villa del tercer mundo es apenas un progre que no tiene un ápice de empatía por los hambrientos, etc., aparece el efecto cómico: «ja, ja, ja, en el fondo, todos somos una cagada».

De algún modo, el humor libertario necesita inventar estereotipos como estos porque no puede (quizá por pudor) reírse abiertamente de lo que quiere reírse sin culpa. Para ser más claro: Cohn y Duprat quieren reírse de los curas villeros, de los directores de cine con consciencia social, de los putos y de las feministas, pero no se animan a hacerlo de frente, por ende, deben primero construir un estereotipo de un director de cine puto que filma a los aborígenes que en secreto odia, para entonces, ahí sí, poder burlarse sin culpa. En esencia, es un humor que actúa como fuerza normalizadora: todo lo que escape a la norma es, en verdad, una forma de hipocreía que, en el fondo, está en la norma (y cuando digo la norma, me refiero a la miserabilidad y crueldad como pauta de conducta y forma de vida).

Curiosamente, un contrapunto interesante para pensar otros tipos de humor a lo largo del tiempo es el de Almodóvar, característico del retorno de España a la democracia. Es un humor plural y reflexivo, que pone el ojo en el yo en lugar del otro. El humor democrático o postdictatorial en España, por ponerle una etiqueta analítica, es el humor que se ríe de sí mismo. Por eso, implica un acto de introspección y una pérdida del ego que necesariamente traen tramas más complejas y, además, un efecto sanador. Reírse de uno o de los que son como uno te permite entenderte mejor y hacer un retrato más digno de los tuyos, más desacartonado. No solo eso, explorándonos a nosotros mismos podemos encontrar algo de lo universal en lo personal. Almodóvar arrancó como un trolo que se movía en la escena under junto a otros trolos, travas y lesbianas, y por eso sus primeras películas son comedias que retratan con ironía los mundillos de trolos, putas, travas y lesbianas. De forma paradójica, hubiera estado más cerca Almodovar de encontrar el gen español (si algo así existiera) filmando esos submundos marginales pero reales que Cohn y Duprat de encontrar el gen argentino haciendo lo que hicieron en Homo argentum, es decir, filmando mundos ficticios llenos de arquetipos de la miserabilidad. No obstante, el valor de la obra de los prolíficos directores argentinos no está tanto en lo que quisieron hacer, sino en lo que efectivamente lograron: crear un producto que ejemplifica como ninguno la escala de la degradación del humor libertario.

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