Los domingos: Dios, patria y familia

Por Sebastian Mateo

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La ganadora de la Concha de Oro en San Sebastián y el Goya a mejor película deja tela para cortar. De alguna manera, se siente un proyecto de otra época. En una era sin Dios y sin ley, en medio del imperio de la inteligencia artificial y la apatía generalizada, donde nadie se la juega por nada, Alauda Ruiz de Azúa decidió hacer una película sobre la devoción religiosa y la entrega total. Los domingos construye un escenario tripartito donde se entrecruza espiritualidad, libertad individual y familia. La protagonista, Ainara, busca explorar su fe y vivir su espiritualidad, pero está en el centro de un triángulo con tres fuerzas que la atraen y que enturbian este camino.

En primer lugar, está la necesidad de anclaje en la familia que cualquier joven requiere en los tiempos turbulentos de la transición a la adultez. Sin embargo, el ateísmo militante de su tía Maite se configura como una amenaza latente de ruptura del orden familiar, que hace que el potencial salto de fe de Ainara sea aún más arriesgado. Son las monjas o la tía, no hay un punto medio. En segundo lugar, tenemos la propia dimensión deseante de Ainara, poderoso afrodisíaco para cualquier joven que comienza a vivir el despertar sexual y que choca con los tiempos y las formas de la orden religiosa. En este mundo, hay que elegir entre libertad sexual o espiritualidad. No se puede tener ambos. Ya lo dijo la madre superiora: las relaciones sexuales se reservan para el matrimonio. Finalmente, hay una tercera fuerza, el padre, que aparece como neutral, pero que ejerce una sutil presión permanente producto de los apremios económicos de la familia. Él deja que la decisión recaiga en Ainara, no obstante, se encarga de allanar el camino para que quede bien claro que una vida contemplativa en el convento es mucho más barata que una carrera universitaria.

Este escenario y las tensiones inherentes que lo envuelven están construidos con maestría por Alauda Ruiz de Azúa. Sin embargo, Los domingos se queda en eso y pierde la oportunidad de hacer una apuesta política real que permita salir de la falsa tricotomía en la que se encuentra la protagonista. En términos hegelianos, falta la síntesis dialéctica. A cada inquietud espiritual, sexual y afectiva de Ainara se le opone una contradicción, pero no hay síntesis que permita salir de ninguna de las encrucijadas que propone el film. Por supuesto, nada de esto tiene por qué interesarle a Azúa, pero no puedo sino preguntarme qué tanto más rica sería la experiencia si la película tuviese una radicalidad política en lugar de una resignación política, es decir, si se la jugara por darle a Ainara la capacidad de agencia para ir por un camino distinto en lugar de sucumbir a una de las fuerzas en pugna.

¿Hay formas de espiritualidad y de entrega a Dios compatibles con la vida académica y la radical libertad sexual? ¿Existe una vocación de servicio por fuera de una reclusión perpetua en un convento, alejada de los problemas del mundo? ¿Cómo tender puentes o tramitar de una manera no destructiva la contradicción entre un vínculo de sangre imborrable y dos miradas del mundo incompatibles (atea/cristiana)? Los domingos no dice nada de esto, pero sí plantea el escenario, la antesala que habilita todas estas potenciales discusiones. Y eso, por supuesto, ya es más que suficiente para convertirla en una pieza invaluable.

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