



El rostro de Luis Brandoni, a lo largo de cinco décadas de cine, funcionó como la cartografía exacta de un actor social específico: la clase media argentina. Su reciente partida física nos obliga a mirar hacia atrás para certificar la defunción simbólica de una estructura del sentir. Con Brandoni se entierra una forma de estar en el mundo que definió a la Argentina del siglo XX. Ese sector que alguna vez supo ostentar un proyecto de país, un horizonte anclado en la movilidad ascendente, la educación pública y un orgullo republicano, hoy deambula huérfano de destino político, atrincherado en un individualismo reaccionario. Y nadie documentó esa metamorfosis con la precisión clínica con la que lo hizo él.
Para entender la magnitud de esta parábola hay que retroceder hasta los años setenta, al momento en que esa misma clase media jugaba a la revolución. En La Patagonia Rebelde (1974), Brandoni le ponía el cuerpo a Antonio Soto, el líder anarcosindicalista. En esa interpretación —y en la recepción de la película— se reflejaba un sector social ilustrado que se embanderaba en una épica que, en el fondo, no era del todo la suya. Era la fascinación por la lucha de clases vista desde la comodidad del café porteño, el coqueteo con un programa político radical que pronto sería barrido a sangre y fuego.
Con el retorno democrático, el cine de Brandoni se convirtió en el espejo donde esa clase se miraba con indulgencia. En Made in Argentina (1987), su Osvaldo encarnaba a la perfección al progresismo del destape. El exiliado que vuelve con la convicción de que el capital cultural y la honestidad son herramientas suficientes para reconstruir el tejido de una nación rota. Osvaldo sufría el país, creía en él. Sintetizaba los valores cívicos que un radicalismo institucionalista ofrecía como programa hegemónico. Era una clase que todavía sentía que tenía una misión histórica.
Sin embargo, el genio interpretativo de Brandoni radicó en exponer las fracturas internas de ese mismo sector. La semilla de la claudicación moral ya estaba latiendo bajo la piel de Antonio Musicardi en Esperando la carroza (1985). Antonio es el reverso oscuro de la primavera democrática. Representa a la clase media acomodada que hizo negocios turbios durante la dictadura, disfrazada de «plata dulce», pero que todavía necesita desesperadamente mantener las apariencias. A ese primer Antonio le importa el qué dirán. Esconde celosamente la basura debajo de la alfombra, desprecia a los suyos mientras devora febrilmente las tres empanadas de la miseria ajena, pero sostiene la fachada de la decencia burguesa.
El verdadero síntoma de la descomposición llega con el brutal contraste que ofrece Esperando la carroza 2 (2009). El viaje entre una película y otra es la confesión de una derrota sistémica. En esta secuela, Antonio abandona cualquier tipo de pudor. La máscara se cae a pedazos y emerge un mafioso grotesco, envuelto en abiertas tendencias pedófilas y negocios derechamente criminales. Hay en este personaje un proceso sistemático de degradación que refleja a un sector social que aceptó que «ya es todo cualquiera». Ante la disolución de su propio peso político, la única salida fue abrazar esa inmundicia moral y dejar de fingir. La hipocresía de los ochenta dejó paso al cinismo descarado del nuevo milenio.
A medida que el siglo avanzó, las condiciones materiales se degradaron y aquel proyecto republicano colapsó por completo. La imposibilidad de formular un programa propio de cara al presente dejó a esta capa social a la intemperie. La UCR, otrora faro de esos valores, terminó vaciando su capital para fundirse en alianzas de ultraderecha corporativa. Y aquí la trayectoria de Brandoni hace su giro final. Los personajes de su última etapa ya no tienen la impostura revolucionaria de los setenta ni el cinismo festivo de los ochenta. Están atravesados por un resentimiento amargo.
La confirmación aparece en Mi obra maestra (2018). Su Renzo Nervi es un pintor que odia la modernidad, odia las nuevas formas de relacionarse y odia al sistema, pero su bronca es estéril y encapsulada. El personaje ilustra a una clase media que reemplazó la vocación de poder por la fobia. Renzo es el enojo convertido en refugio. Esta clausura existencial encuentra su forma definitiva en Manuel Tamayo Prats, el protagonista de la serie Nada (2023), un dandy aristocrático que vive encerrado en una burbuja de sofisticación, relegando a los sectores populares a un mero exotismo doméstico.
Este arco dramático, que va de la plaza combativa al desencanto reaccionario, se corona en el tono de sus últimos años, tanto en el teatro con Parque Lezama como en su figura pública. Es la cristalización del «viejo gorila», el hombre que resignó cualquier intento de comprender el presente para sentarse en un banco a despotricar contra un país que se volvió incomprensible.
Brandoni fue el lienzo sobre el cual un sector fundamental de la sociedad argentina pintó sus sueños de progreso, sus bajezas más inconfesables y su ruina definitiva. Sus películas trazan una línea recta desde la ilusión transformadora hasta la resignación conservadora. Su ausencia nos deja irremediablemente solos frente a la pantalla, obligados a admitir que la función terminó y que, de aquella clase pujante que él supo encarnar con tanta maestría, hoy solo nos queda el eco de un enojo interminable.

Muy bueno Juani!
Aunque no es cine, la serie de tv que hizo con Darín también reflejaba esa clase media de los 90 que se ve atropellada por la nueva moral (joven) del neoliberalismo yanky y la globalización.
Dato: escuché por ahí que Brandoni solo interpretaba escritores argentinos, quizás por eso encaja tan bien con esta clase media