The drama: qué harías
si tu pareja te confiesa que…

Por Sebastian Mateo

La película de Kristoffer Borgli está más cerca de las romcoms de los noventas y principios de siglo que de los ejercicios ególatras modernos que intentan descular la psicología de un asesino en potencia

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Si le preguntan a alguien de qué trata The drama, probablemente ocho de cada diez personas esbocen alguna teoría sobre la sociedad, la violencia intrínseca de las redes, la fascinación por las armas, la psicología de un asesino en potencia o alguna otra hipótesis en esa línea. Sin embargo, el film de Kristoffer Borgli está más cerca de 10 things I hate about you que de Elephant o de We need to talk about Kevin. Por supuesto que también habla de esa cosa terrible que Zendaya confiesa haber planificado con minucioso detalle, pero lo hace de un modo tan superficial que resulta banal escribir sobre ello. De lo que sí vale la pena hablar es de lo otro, de lo que tratan todas las romcoms, ese género maldito que ya está en desuso. Y vale la pena hablar de eso porque The drama, en ese aspecto, sobresale.

Si bien el disparador de toda la estructura dramática es esa premisa simple: «qué harías si tu pareja te confiesa que…», no importa demasiado el contenido, sino el ejercicio mismo. Es más, lo podríamos llenar con absolutamente cualquier cosa distinta de la que efectivamente aparece confesada por Zendaya en el film, desde las más banales hasta las más trascendentes, pero no cambiaría el corazón de la obra. Zendaya podría haber confesado que le gusta la pizza con ananá y sería (casi) lo mismo. Tal vez cambiaría el tono y la trama, pero no el tema de fondo, que no es otra cosa que la pareja y el amor, más bien, un tipo de amor: el romántico. Eso otro que parece superficial es lo más relevante: la capacidad de una forma vincular maltratada (la pareja monogámica que se casa de blanco con bombos y platillos) para enfrentar una crisis.

Ese artefacto social casi medieval, que parece vetusto y que tantas veces ha sido vaticinado como muerto, una y otra vez demuestra gozar de buena salud. Sin embargo, en los últimos años, el cine parece haberle cedido espacio a los relatos de rupturas matrimoniales. La mayoría de ellos, con muchos más clichés de los que las comedias románticas de la edad de oro de los noventa tienen, pero con mejor prensa. En The drama, Borgli viene a ajustar las cuentas. Y es que hay algo que conmueve del contrato social entre dos seres que renuncian a toda racionalidad individual para amarse y, lo más importante, soportarse hasta que duela, tolerarse, aceptar lo que a veces parece inaceptable en pos de un ideal: la esperanza de felicidad compartida en el futuro con alguien —alguién único y exclusivo— que sea testigo de su vida. Aunque no haya certezas. Aunque el fantasma del divorcio siempre esté. Aunque se haya arruinado la boda. Aunque antes el otro haya sido un monstruo. Siempre se puede empezar de nuevo. La pareja es eso, barajar y dar de nuevo, sin soltarse, crisis tras crisis. Casi que podríamos decir que sostener la pareja es una batalla tras otra.

Por supuesto, nada es tan sencillo y el film lo revela. Hay que atravesar el fuego para solucionar un drama marital afectivo, como bien plantean todas las comedias románticas. En el nudo de la historia aparecen los claroscuros: el monstruo no es tan malo y el comprensivo bonachón de Pattinson tampoco es tan bueno. Así las cosas, las fuerzas actantes confluyen en un último acto en el que todo lo que podía malir sal lo hace. No obstante, la plasticidad del amor romántico noventero es capaz de dejar que las cosas se doblen sin romperse. No hace falta ver la película para saber que en el final la pareja prevalece. Que sea un cliché no le quita su potencia narrativa y su capacidad de conmover.

En esa exploración de lo que sostiene a una pareja, incluso después de que alguien haya confesado lo inconfesable, está el valor de The drama y también su crítica social. No hay que buscarla en las elucubraciones sobre por qué pasó lo que pasó en la masacre de Columbine (algo imposible), sino más bien en la pregunta de por qué ya no hay romcoms como las de antes. Vivimos en un mundo de unfollows, de bloqueos, de burbujas, de cámaras de resonancia, de cancelaciones, de libros que nos hablan sobre evitar gente tóxica, de safe spaces y de red flags. En ese ecosistema de la seguridad, la irrupción de algo desconcertante del otro es casi imposible, pero cuando aparece, los mecanismos del desapego ya están listos para neutralizar el problema. Sin embargo, esta es una película sobre el amor romántico y la pareja, un homenaje a esa tecnología social que permite lidiar con el horror y seguir adelante, construir sobre lo impredecible, hacer la arquitectura del futuro sobre los cimientos de un pasado tumultuoso. Por todo eso, The drama vale la pena, ya que es mucho más que una hipótesis sobre qué haríamos si nuestra pareja nos confiesa que…

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