Is this thing on?: una poética de la reinvención

Por Sebastian Mateo

La tercera película de Bradley Cooper explora los avatares de la vida conyugal y plantea la posibilidad de reinventarnos a partir de un interés nuevo y una comunidad de pertenencia.

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Alex Novak (Will Arnett) se para en un escenario, o más bien en una tarima. Está semiborracho, semicansado, totalmente derrotado por la vida y por la noche, frente a un auditorio indiferente, que ya ha visto demasiadas veces a algún improvisado aterrizar en escena sin muchas ideas ni luces. Llegó ahí de casualidad: quería entrar al bar sin pagar entrada y la única forma de hacerlo era anotándose para dar un número de stand up. Es una escena cargada de primeros planos bien cerrados, donde el foco está en los detalles más rocosos: la transpiración, el sonido de acople de un micrófono manipulado sin destreza, la incertidumbre, la piel curtida de un hombre que ha vivido. Esta será la primera vez (aunque no la última) que Alex se suba a la tarima. Acto seguido, balbucea unas palabras sobre su vida personal; incluso ensaya algún gag más o menos inspirado sobre su ruptura matrimonial y los tejes y manejes de la soltería para un hombre de mediana edad. Hay unos tenues aplausos y poco cambia para el mundo en general, pero todo se transforma en su universo personal. De eso trata en gran parte —al menos, en su vertiente más lúcida— Is This Thing On?

La tercera obra de Bradley Cooper como director transita por dos carriles narrativos paralelos, aunque uno es, a todas luces, más interesante y original que el otro. Paradójicamente, la película parece decantarse por el menos virtuoso. El primero de estos carriles tiene que ver con los derroteros de una pareja de clase media que se enfrenta al tedio de la mediana edad y decide separarse provisoriamente. El segundo —y más rico en cuanto a construcción de personajes y propuesta estética— se vincula con la posibilidad de que cualquier persona pueda reinventarse a partir de una nueva afición y una comunidad de pertenencia. Alex Novak va a ir, lentamente y en secreto, reconstruyendo los pedazos rotos de su subjetividad a medida que progresa con sus números en el club de stand up. Hay algo del arrojo al vacío de subirse por primera vez al escenario que nos compromete como espectadores: queremos explorar esa cultura tanto como él. El viaje de descubrimiento de Alex en ese nuevo submundo, con el vértigo de lo desconocido y sus gratificaciones, nos introduce en una trama de reinvención personal que luego queda trunca, porque irrumpe la historia de reconciliación marital, con todo el peso que eso conlleva.

De algún modo, esto se siente como una oportunidad perdida. Había allí algo por contar respecto de cómo la posibilidad de narrarnos en un lenguaje nuevo frente a un grupo de desconocidos es capaz de cambiarnos la vida. Eso queda de lado para darle un giro de tuerca con final rosa a una historia de pareja que ya hemos visto. No es que el drama conyugal esté mal contado ni que resulte vulgar, sino que simplemente ya lo conocemos y lo hemos observado en estos mismos términos. Independientemente de ello, en los momentos en que Is This Thing On? se compromete con la línea narrativa más original, aparece una prodigiosa mirada autoral que vale la pena analizar. Bradley Cooper comienza filmando los momentos de stand up con primerísimos primeros planos. La cámara parece encerrar al protagonista, como eco de una sensación de nerviosismo, pánico escénico y claustrofobia. Con el transcurrir del tiempo (y de los shows), aparece el público, la cámara abre el plano y se establece un ida y vuelta natural entre el artista y su gente. No solo eso: el bar cobra vida; se nos presentan nuevos personajes, amistades incipientes y una paleta de colores más vívida.

A pesar de que algo de esta experiencia queda en suspenso ante el advenimiento de la otra línea narrativa, Bradley Cooper se toma el tiempo de ensayar una hipótesis central: quien posee una afición que le permite subjetivarse por fuera de los espacios tradicionales (el trabajo, la familia) obtiene herramientas simbólicas para una mejor gestión emocional. El mundo, la pareja y los problemas siguen siendo los mismos, por supuesto, pero el modo de mirar cambia y, por eso, todo se transforma.

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