Victoria: ¿una lógica sin sustento lógico?

Por Sebastian Mateo

La película de Sebastian Schipper nos pide que hagamos algo difícil pero provechoso: suspender por un momento todo tipo de racionalidad y/o sentido común para vivir una aventura fantástica

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En el 2015, Sebastian Schipper estrenó en el Festival de Berlín su magnum opus de ciento treinta y ocho minutos en plano secuencia. Desde un punto de vista puramente formal, se trata de una obra que alterna velocidades y paisajes, que es capaz de pasar del caos y la energía hiperquinética de una rave a la paz de una terraza de edificio donde cuatro desconocidos se fuman un porro y charlan de sus vidas. Todo esto es sensorialmente impactante, pero también algo estéril para el análisis. Ahora bien, quien haya leído alguna vez nuestras críticas y ensayos sabe que nos importan poco y nada los aspectos formales, excepto cuando nos permiten hablar de algo más grande y menos banal. Hay un je ne sais quoi en la forma en que se estructura la narrativa del film, lo cual le da a Victoria un halo de misterio y seducción difícil de explicar, pero facil de entender.

Ninguna de las decisiones que toma Victoria tiene, en principio, un atisbo de lógica. Todo es dejarse llevar por un flujo aventurero incesante que parecería siempre decantar en un sinfín de traspiés. De aquí surge una primera hipótesis de análisis: this is not a bug, it’s a feature. O sea, hay un método en esta aparente locura. No es que los personajes sean imbéciles o estén mal escritos, sino que el racionalismo como sistema de ideas está en crisis y no es el dispositivo adecuado para este viaje. Simplemente, Victoria decide abandonarlo para explorar nuevas aguas.

Algunas críticas que recibió la película de Schipper elogian la forma y critican esta supuesta falencia de contenido. Es decir, cuestionan la apuesta por la sinrazón como axioma y punto de partida. Por el contrario, a nosotros nos parece que lo más encomiable del film es este rapto de inconsciencia permanente. El gran Roger Koza, en una nota para el periódico La Voz, dice algo que no podría resultarnos más ajeno y que ilustra casi todas las críticas más duras que se le hacen a la obra: «La superioridad formal de un cineasta no es canjeable por su indigencia conceptual. Un formalismo gaseoso viene aquí a conjurar un poco la insignificancia de la trama».

Por un lado, la irracionalidad de la trama no implica que sea insignificante o que carezca de lógica (sobre esto vamos a profundizar). Por el otro, si así lo fuera, no hay posibilidad de ninguna superioridad formal con una trama insignificante. Forma y contenido son dos caras de la misma moneda. Si no hay una simbiosis virtuosa, no se puede hablar de ninguna supremacía, ya sea de lo formal o de cualquier otra cosa. Para ser más claros: si alguien percibe que hay un soberbio tratado de los aspectos formales en Victoria es porque la trama acompaña estas decisiones y las cobija. Sin embargo, para apreciar esto hay que desembarazarse de la búsqueda racionalista. De ahí que nuestro análisis tome otros rumbos en cuanto a la trama.

De algún modo, esta falta de raciocinio es casi una lógica en sí misma. La construcción de esta suerte de «lógica de lo ilógico» existe en Victoria y no es para nada insgnificante. Al contrario, es central para darle forma a una experiencia vertiginosa que va en espiral hacia lugares insospechados. La premisa de tomar siempre la decisión que podría llevar a una aventura más peligrosa, irracionalmente peligrosa, se impone en cada secuencia. En este sentido, se trata de un film que trabaja sobre la irrupción de lo inesperado. ¿Y qué mejor escenario para el advenimiento de lo inesperado que la noche y sus infinitas posibilidades? Operar sobre lo inesperado implica pensar el misterio de lo posible y jugar a entrever qué pasaría si toda nuestra racionalidad estuviera supeditada a la curiosidad de ver qué es lo siguiente que nos depara el destino. Para que la película pueda llevarnos a todos estos lugares del vértigo primero tuvo que construir un camino hecho de pequeñas decisiones irracionales (que una chica sola y extranjera acompañe a unos borrachos desconocidos a una asotea para fumar algo y charlar del universo, por ejemplo). Son decisiones azarozas, pequeñas en comparación con las que vendrán al final de la historia, pero que comienzan a delinear un universo de lo probable que es coherente internamente. En esto, Victoria es pariente de la icónica Historias extraordinarias, de Mariano Llinás, o de la también de culto Trenquelauquen, de Laura Citarella.

En otro orden de ideas, la lógica caótica de la obra de Schipper no solo habla sobre los requisitos para vivir una aventura, sino tambien para el advenimiento de la amistad y el amor. Es más, en esencia, podríamos decir que Victoria no es otra cosa que un notable tratado sobre el salto al vacío que se necesita dar para construir una verdadera amistad o enamorarse. Hay que atravesar el fuego por y con el otro. Y si no es eso, mejor nada. ¿Quién no ha hecho una locura tras otra por amor, aunque ese amor no sea más que una potencia, un flechazo de una sola noche? Una y otra vez, Schipper repite su tesis radical: hay que estar dispuesto a arriesgarlo todo para vivir una aventura y hacer afectos. Muy posiblemente, la cosa termine de la peor manera, como con casi cualquier decisión «ilógica», pero no por eso dejaríamos pasar la oportunidad de hacerlo todo de nuevo sin cambiar una sola decisión.

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