Todos los poetas son desempleados, pero no todos los desempleados son poetas

Por Sebastian Mateo

Un poeta, el segundo largometraje de Mesa Soto, pone en juego varios de los elementos típicos del antihéroe posmoderno, aunque lo hace para contar una historia típicamente moderna.

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No hay otra forma de contar la vida de un poeta fracasado de cincuenta y largos que mediante una tragicomedia. Al mismo tiempo, no hay otra manera de rodar un film de esta naturaleza que no sea en fílmico, con todas las impurezas que eso conlleva: el granulado, las texturas rugosas, la apuesta por el cepia. Verso a verso, se nos presenta a un personaje moralmente ambiguo, un perdedor nato de adorable patetismo. Dice ser poeta, pero su hermana y el resto de su familia creen que no es más que un desempleado. Así las cosas, nuestro (anti)héroe atraviesa la vida en busca de reconocimiento, aferrado a un discurso quijotesco que, en el fondo, ni siquiera él termina de creer del todo. De hecho, solo se comporta como un poeta maldito que dice lo que cree del mundo y de la gente cuando está en estado de ebriedad. El resto del tiempo lo pasa ensimismado en su propia miseria, tímido, taciturno.

Valiéndose del grotesco, el film va a poner la lupa en los claroscuros del mundo del arte: sus trampas, sus personajes insoportables, las frases hechas, los clichés progresistas y algunos tópicos similares. Pero todo eso no es más que el disfraz de Un poeta. Detrás de esa sátira cínica sobre las miserias del mundo artístico, los delirios de grandeza de un fracasado y el inevitable morbo de su caída, se esconde una obra profundamente humanista. Es decir: la historia de un individuo en busca de sentido, de un padre que quiere hacer las cosas bien por su hija, de un hombre que intenta sostener sus sueños en un mundo hostil para cualquiera que no sea un acomodaticio. En definitiva, dos conflictos clásicos: el hombre contra la sociedad y el hombre contra sí mismo.

En esa dualidad reside el genio de Mesa Soto, que consigue maridar el registro mordaz y absurdo de la sátira contemporánea con una historia de redención de corte clásico. Hay algo de los Safdie en la energía desesperada del protagonista; algo de Aki Kaurismäki en el antinaturalismo de las actuaciones y en esas pequeñas crueldades del destino que recaen sobre los personajes. Pero también hay una reivindicación de lo clásico: un arco de redención casi a lo Campanella y un cierre de precisión hollywoodense, de esos que condensan el sentido entero de una película en una única frase.

También se trata, por supuesto, de una película sobre la dignidad de los nadies. En el rapto de amor propio del protagonista previo al tercer acto hay una apuesta política, una concepción de mundo y una declaración de principios. El insulto elegido por Oscar Restrepo para despedirse de Efraín, ese falso progresista embaucador de sueños, es la condensación de una tesis sobre lo que significa ser un ganador o perdedor en un mundo dado vuelta: «Te deseo que tengas éxito», le dice con odio en los ojos. En un universo de triunfadores ominosos, ser catalogado como un fracasado resulta un elogio a la nobleza.

En cuanto al humor, Un poeta no pide permiso para tomar un poco de todo: el deadpan de Buster Keaton, el humor físico de Los tres chiflados, la incomodidad de los silencios duros de The office y, sobre todo, la libertad que da reirse de uno mismo. Mesa soto no se burla de nadie, más bien satiriza a los artistas y a los mundillos intelectuales de los que es parte. Siempre es más rico explorar la risa en esos términos, es decir, como un mecanismo de exploración de las propias falencias más que de las miserias ajenas. En sus palabras:

Me río con amor, no con desprecio. Porque en el fondo, todos somos un poco ese poeta: personas que siguen creyendo en algo aunque todo les diga que ya fue, que ya no va a pasar. Al principio, en los primeros borradores, me reía mucho más de los poetas viejos. Pero después sentí que estaba siendo injusto. No podía solo burlarme de ellos sin burlarme también de los jóvenes, de las nuevas generaciones, de la academia, del cine mismo. Entonces empecé a construir un humor más horizontal, más parejo. Una sátira donde nadie se salva, pero todos pueden reírse si se reconocen.

En esta misma línea, Ubemar Ríos, el actor no profesional que le da vida a Oscar Restrepo —y que también ha sido, de algún modo, un poeta fracasado— declaró lo siguiente en una entrevista:

Oscar es un fracasado en literatura y yo también. Es decir, nosotros en la década de los 90 nos ganamos algún premio de la Casa de la Cultura y tal, pero después no pasó nada con nosotros en literatura. Realmente yo no me siento poeta. Muchas personas que están muy cercanas a mí me dicen: «Usted sí es poeta». Pero no vivo tanto en el oficio. Puedo pasar dos o tres años sin escribir un poema y en algún momento me llega algo y lo escribo, pero no sé cómo decirlo… me siento un mal poeta. Dicen que hay dos tipos de poetas, los buenos y los malos, y yo sé que no soy un gran escritor ni un gran poeta, pero tampoco es que me moleste por eso.

En esencia, puede que todos estos poetas no consagrados sean unos fracasados, pero no todos los fracasados son poetas y, en ese sentido, la obra de Mesa Soto pone en valor a esos perdedores maravillosos que aún intentan escribir una página feliz.

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