Mi querida señorita: ¿hay algo más innecesario que una película necesaria?

Por Sebastian Mateo

El padrinazgo de los Javis no alcanza para darle épica a una película que se siente más como un ejercicio pedagógico que artístico

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Con un elenco de primer nivel, el aura de los Javis en la producción, el dinero de Netflix detrás y un material original rupturista, la remake de Fernando González Molina consigue algo de una complejidad supina: convertir una historia visceral, inquietante y controversial en un producto estéril y pasatista. En ese sentido, Mi querida señorita tiene un pecado original: parece una película hecha porque alguien sintió que era necesaria en términos didácticos para esta coyuntura histórica. Y esa es una pésima decisión para hacer un film. Lo que nace malparido difícilmente pueda continuar bien. A fin de cuentas, da la sensación de que González Molina dijo: «Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo por el bien común». El camino al infierno cinematográfico está siempre plagado de buenas intenciones.

En Mi querida señorita está todo muy correcto, todo muy medido, todo muy superficial. Hay conflictos, pero sin peligro. Nadie siente realmente que al final no se vaya a resolver todo artificialmente y con color de rosas. En ningún momento da la sensación de que haya otra posibilidad dramática, lo cual es extraño para una historia de personajes marginados y marginales. Más que una película parece un manual escolar de educación sexual integral. El modelo Netflix es una forma, pero impone un tipo de tratamiento para el contenido. Como ya hemos dicho muchas veces en esta revista, no hay forma por un lado y contenido por el otro, sino que ambos son dos caras de la misma moneda; uno es reflejo del otro. Hay producciones de Netflix que apelan a lo más rancio de la derecha retrógrada y retardataria y tienen los clichés degradantes necesarios; y luego están la películas como esta, que apelan a un progresismo descafeinado y recurren a todos los lugares comunes bienpensantes posibles. El gigante del streaming tiene un sabor de helado para todos: manósfera con pasas al rum o progresismo a la crema.

En el fondo, el problema es lo soso que resulta ver una película sin una propuesta estética real y con más intenciones pedagógicas que artísticas. Hay momentos, chispas, algún que otro párrafo de Paco León. Son signos de rebeldía, pero implican apenas un espejismo en un desierto lleno de lugares comunes y espacios seguros. Se echa en falta el vértigo de lo inesperado, aplacado acá por la seguridad de una propuesta formulaica. Es un film que no incomoda a nadie y que, pese a retratar un drama existencial sobre la despersonalización, la domésticación de los cuerpos y la búsqueda de una subjetividad perdida, no abre ninguna pregunta ni suscita ningún debate. No hay nada para pensar ni debatir porque ya está todo masticado y explicado.

Los conflictos son estériles, flácidos, nadie realmente los toma en serio. Tan es así que pareciera que ni el propio casero se cree lo del aumento de la renta ni las amenazas de desalojo. Es un mundo tan edulcorado que una persona con escasos recursos y en una supuesta situación financiera precaria puede perder su fuente de trabajo sin derramar una sola lágrima o mostrar al menos una grieta anímica. Es casi como si supiera que un deus ex machina la va a salvar al día siguiente. Algo flota en el ambiente: esta es una película sin sorpresas, el final será complaciente, no hace falta sufrir.

En un escenario global signado por las redes sociales y sus ubicuas producciones, quienes cuentan con los recursos para hacer cine tienen una responsabilidad histórica: mostrar que un tik tok o un reel de Instagram no son lo mismo que un plano bien filmado. Así las cosas, lo peor que se puede hacer si se quiere contribuir a una causa justa es hacer una película solo porque una causa es justa. Sin ambiciones artísticas sustanciales y reales, sin peligro y con una propuesta puramente pedagógica que encapsula todas la lógicas algorítmicas necesarias para pasar el filtro de viabilidad netflixeano, no hay nada que separe al cine de la omnipresente creación de contenido.

 

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