Tesis sobre una domesticación: rupturista y conservadora a la vez

Por Sebastian Mateo

La película dirigida por Javier van de Couter y craneada por la polifacética Sosa Villada resulta un indescifrable oxímoron. De la vanguardia a la restauración conservadora en un solo paso, la única certeza es que es una obra que da y dará que hablar

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Tesis sobre una domesticación hace algo que otras representaciones audiovisuales de lo trans no hacen, ya sea por pudor, conservadurismo o falta de audacia: muestra escenas de sexo entre personas cis y trans que no imitan los mecanismos, las formas y las muecas de las relaciones hererosexuales. Acá hay algo rupturista, un gesto de vanguardia estética que no debería pasarse por alto. En otras producciones que hablan de lo trans desde el erotismo y que involucran escenas similares, el cuerpo trans es una mímesis de un cuerpo de mujer hetero cis. Esta película rompe ese techo de cristal: Camila Sosa se muestra enteramente trans sin concesiones heteronormadas. Parece banal, pero no lo es: poner a una mujer con falo en pantalla y que sea la cúspide del erotismo femenino implica una iconoclastía audaz que, además, adquiere mayor valor por la belleza formal de la película.

Otra ruptura estética y conceptual interesante tiene que ver con los temas: esta no es una historia sufriente. Lo trans y lo LGBTIQ+ no son aquí lugares comunes del dolor, de la discriminación o del atropello institucional. Hay algo de eso, pero no es el eje principal. Sin embargo, hasta ahí llega el ejercicio rupturista. Lo que sigue son una acumulación de imágenes repetidas del decadentismo: una estampa de ciertos lugares comunes en el imaginario social sobre la comunidad LGBTIQ+. Es decir, gente que va de fiesta en fiesta drogada, haciendo escándalos, adicta al sexo. Hay una redundancia torpe en estas escenas y un retrato poco feliz de una población que en el guion cultural de esta sociedad ya fue contada demasiadas veces desde estos lugares maniqueos.

El personaje de Camila Sosa es un ser que lo arrasa todo y que no cabe en sí misma por su ego. Consume cuerpos y pasiones como si fueran caramelos, pero es una construcción de personaje que solo nos muestra eso. Una máquina sexual, una depredadora. No hay más. Es imposible saber qué piensa del mundo por fuera de ello. No solo eso, sino que la domesticación de la que habla la película, es decir, el pasaje de Camila Sosa de potra salvaje a madre de familia, no es otra cosa que el mínimo requisito de responsabilidad necesaria y pérdida del ego que amerita cuidar a un menor de edad. Lo que se plantea como un problema para la protagonista no lo es para nadie que viva en el mundo real. Es difícil empatizar con el dramón cotidiano de una persona rica, sin restricciones morales ni materiales. Ejemplo: tener que aprenderse la letra de una obra de teatro y, al mismo tiempo, llevar a cabo los rituales parentales básicos, no logra conmover a ningún padre o madre de familia. Es lo que hace la gente normal, todos los días. Trabajar y cuidar a sus hijos. No hay ahí un proceso de domesticación de un alma salvaje, solo un ejercicio parental básico.

Por otra parte, la película construye una idea dada vuelta de la libertad, que acá es la posibilidad de actuar sin consecuencias de ningún tipo y ajena a las circunstancias. Al personaje de la Villada ni siquiera la barrera del incesto la detiene. Es la libertad del desparpajo que puede darse alguien rico y sin filtros sociales, no una persona común. Más que libertad, es una forma de misantropía que no acepta ninguna ley, ni siquiera la de la exogamia. Hay escenas lamentables que pintan un cuadro de inhumanidad espantoso sobre el mundo queer o las parejas cis/trans. Para ilustrar: cuando se encuentran en el proceso de adopción y el marido de la Villada se quiebra y se larga a llorar, ella le dice que aún no firmaron nada y que están a tiempo de salir de ahí, olvidarse de todo el asunto e irse a una buena playa. Mientras tanto, el niño está esperándolos. La adopción aparece como un consumo lúdico más de una pareja de ricos aburridos. Si no salen bien las cosas, nos compramos un pasaje a las Bahamas, que es lo mismo que tener un hijo, pero más fácil. Es difícil empatizar con el espíritu indomable del personaje de Villada. Simplemente, parece que la sociedad no quiere domesticarla, apenas convertirla en un ser menos abyecto, y ella se niega.

Así las cosas, el film de Couter oscila entre la vanguardia estética y una retrógada concepción de la libertad, devenida en libertinaje. Por una parte, instaura un régimen de lo visible novedoso que pone en pantalla cuerpos deseantes en sus propios términos. Por el otro, se deshace en un regodeo de imágenes decadentes que le hacen un flaco favor a la comunidad LGBTIQ+, pues contribuyen a alimentar estereotipos negativos que tienen un recorrido histórico, como los prejuicios que pesan sobre la adopción en parejas no heterosexuales y el retrato de la homosexualidad como arquetipo de la promiscuidad.

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